16.1.08

Un suicidio feliz y provisorio (Por Angélica Gorodischer)

Cuando una se encuentra frente al libro, a ese libro que le trae entre sus tapas otro mundo, abandona este en el que ha estado viviendo; soporta unos segundos del necesario, imbatible, reverencial silencio que se le impone, y atraviesa el umbral.

Una puerta es un misterio, siempre es un misterio. No me digan que detrás de esta puerta cerrada está el comedor de diario. Yo casi sé que lo está, pero ¿y si no es así? ¿Y si hay detrás un reino imposible en el que se levantan templos dorados sostenidos por columnas inmensas? ¿Y si hay del otro lado una playa nocturna poblada de pájaros negros y de miedo?

La puerta al otro mundo es eso: abrir las tapas del libro de una Le Guin, de un Tolkien, de una Zenna Henderson, oír el silencio y abandonar de buen grado el mundo de los comedores de diario, de las oficinas, de los patios, de los cafés y de las calles. Ir hacia ese otro lugar. Hemos muerto y con gusto, con abandono, con felicidad nos vamos de este en el que hay habitaciones encaladas después del silencio, y vivimos por ahora, dichosamente, en el que se nos propone: ese en el cual los seres humanos ya no lo son y vuelan; ese en el que se hablan otros idiomas; ese en el que corremos innombrables peligros, en el cual los reyes en el exilio pelean por reconquistar un trono perdido en manos de los traidores, en el que los ríos de sangre se llevan los destinos de las heroínas muertas de amor, en el que el aire tiene otro color y los cactus rezuman jugos que los lotófagos beben hasta la saciedad.


Y, sin embargo, ah, sin embargo, todo ha sido flor de un día, de minutos, de una semana, de años incluso, pero lo ha sido sin que abandonáramos todo esto conocido y amado a pesar de todo. ¿Que cómo es posible? Miremos a nuestro alrededor y ahí estará la respuesta: los libros. El poder inmenso de la palabra escrita. Vamos, otra vez, esta noche misma, mañana a la noche, el domingo, cuando sea, bajo el sol en medio de un cielo sin estrellas, la capacidad que nos dan los libros de vivir en este mundo y en el otro, de morir pero no morir, de vivir y vivir dos, tres, cien, incontables vidas mientras desfilan otros seres, otros lugares, otros cielos, que son los nuestros y que sin embargo no lo son. No morir de veras sin antes haber sufrido y gozado este suicidio feliz, provisorio, que si nos falta nos hará sufrir un dolor del que nada sabemos, sin el cual nunca podremos estar completos, nunca comprenderemos lo que vale en realidad la vida que nos asalta instante tras instante.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Texto q encontré en una revista que me robé de un bar...moraleja: tambien con el delito, se obtienen cosas buenas. Je.
Romi